Un museo de camiones clásicos en Madrid

Uno de los relatos más breves de la lengua española fue escrito en 1959 por el hondureño Augusto Monterroso. Tan solo siete palabras: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Nadie sabe con certeza cuál era el mensaje que el escritor quería transmitir, y estas páginas no son —obviamente— el lugar para divagar sobre ello (conste que el propio Monterroso dijo que “sus interpretaciones eran tan infinitas como el universo mismo”).

No obstante, quería empezar el Museo camiones clásicosRincón de el microrrelato de Monterroso porque esas siete palabras transmiten algo parecido a lo que uno experimenta cuando pasea por el improvisado museo del vehículo clásico que Pedro Aguilera esconde en Madrid. Digo esconde porque no está abierto al público, es solo un capricho de un enamorado del transporte de antaño en particular y de los vehículos antiguos en general.

A las afueras de Madrid, en un terreno abierto sin apenas vegetación, un ejército de camiones, autobuses y furgonetas esperan pacientes que algo ocurra. O simplemente esperan. Su tiempo pasó, pero Pedro decidió hacerles un hueco en su campa para que al menos no acabaran en un desguace.

A la intemperie descansan los camiones oxidados, algunos retorcidos, mientras bajo el techo de una enorme nave se esconden los vehículos ya restaurados, las joyas de la corona, de entre los que destacan varios Museo camiones clásicoscamiones y camionetas Pegaso, Ebro y Fiat, así como un histórico autobús de línea madrileño y varios vehículos con cuba que solían trabajar en el suministro de carburante en la base americana de Torrejón.

La chapa y la pintura de estos “elegidos” se mantiene a salvo bajo el techo. El interior de las cabinas está por restaurar en algunos casos, pero en otros ya ha recuperado su antiguo aspecto. Es una cuestión de tiempo: el propietario le dedica al hobby todo el que puede, pero no siempre es posible. Afuera, algunos ejemplares han perdido hasta sus signos identificativos, ya no tienen color, solo esa pátina contagiosa de color óxido que se extiende sobre la chapa como una epidemia.

El microrrelato de Monterroso resuena en mi cabeza mientras paseo frente a ellos. “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. ¿Se refería el escritor a esta sensación de perpetuidad, de dilatación temporal infinita, a la certeza de que nosotros nos vamos pero lo inmutable continúa? Es cierto que ninguno de los camiones de la colección ha nacido para ser eterno —sus cicatrices así lo atestiguan—, pero es también inevitable pensar en cómo su vida ha superado con creces a las de los que un día fueron sus propietarios.

Da igual si están restaurados o no. Uno piensa en quién era el conductor de ese Diamond T. ¿Cómo vivía? Quizás se levantaba cada día a las tres para Museo camiones clásicosviajar a Aranda. Un beso en la mejilla a la mujer, que todavía duerme, un café rápido y de un salto a la cabina, donde se frota las manos y aplica algo de su propio aliento para entrar en calor. Quién sabe.

En uno de los extremos de la campa, un vehículo llama especialmente mi atención: un autobús en ruinas en cuyo interior asoma lo que parece una butaca de peluquería. Por lo visto, el autobús trabajaba para la industria del cine en los 60. En su interior se acicalaban cabellos y rostros de actrices y actores.

¿Qué anhelos tendrían las peluqueras que durante años trabajaron en su interior? ¿Qué romances secretos Museo camiones clásicosesconden estas paredes ahora carcomidas? ¿Qué tramas de envidias y celos habrán resonado en esta cabina agujereada? Todo eso ya no importa. Muchos de los protagonistas ya no pasearán sobre la Tierra.

Y ahí siguen los vehículos, indiferentes a los anhelos, sufrimientos y sinsabores de sus dueños. Si hubo risas, también se evaporaron. Igual que la humedad de las lágrimas que, probablemente, alguna vez rodaron por el cuero de los asientos. “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Como fósiles de seres extinguidos, los vehículos de Pedro Aguilera aguardan en batería.

Todos mirando en la misma dirección, como un fiel ejército de Xian. De nuevo, sensación de perpetuidad, de dilatación. Parece que aguardan en silencio, pero en realidad nos están hablando: nos cuentan la historia del transporte en España. Son nuestros ojos los Museo camiones clásicosque oyen a poco que pongamos atención.

Dentro, los restaurados viven una segunda juventud. Afuera, a la intemperie, los menos afortunados ganan óxido y pierden piezas poco a poco. Ven cada día como el sol sale por levante, traza una curva en el cielo y se esconde en poniente. Día a día, semana a semana, mes a mes. Como siempre ha sido. Y será. El tic tac nunca para. Pero, al menos, aquí Pedro contiene un instante más las pesadas manecillas del reloj. Y nosotros le aplaudimos.

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Comments

  • Javier 27 septiembre, 2017 at 21:45

    ¿Habria alguna forma de poder verlos y admirar su obra?, tanto los restaurados como los que no, creo que son dignos de verse, ¿no lo cree asi?

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