Pegaso 1083 de Juan Manuel Choclán, orgullo pegasista

En el caso de Pegaso, se trataba de la serie denominada popularmente cabina cuadrada, que arrancaba con el modelo 1080. Era, en la práctica, el relevo generacional de otro modelo emblemático de ENASA: el conocido como cabezón. La nueva serie estaba compuesta por diferentes unidades de camiones rígidos y de tractoras, con potencias que abarcaban los 200, 260 y 352 CV, e incorporaban el conocido como cambio de bola. En general, todos los modelos tuvieron gran aceptación y supusieron un éxito de ventas.

La relación de Juan Manuel Choclán con el mundo del camión comienza con su padre, Juan Choclán Fernández. Un emigrante andaluz que junto con su mujer se trasladó a Teruel. Allí nacerían posteriormente los cuatro hijos del matrimonio. Un profesional forjado como chófer primeramente, y que años después se convertiría en autónomo, hasta su jubilación.

Los primeros camiones qPegaso 1083 Choclánue condujo fueron Pegaso, empezando por el Barajas y el Comet. Ya como autónomo compró un Pegaso 1062 de 165 CV, con el que se dedicaba, habitualmente, al transporte de troncos de madera desde Albarracín a diversos destinos nacionales, principalmente Barcelona.

Paulatinamente, fue cambiando de camión, pero siempre confiando en Pegaso. Así, tras el 1062 llegó un 1063 con motor de 260 CV, hasta que a comienzos de los 70 adquirió un flamante 1086 de cuatro ejes, un bonito camión dotado de caja frutera y con el que recorrió toda España. Al 1086 también le llegó la hora de su sustitución. Tras su venta, se sabe que, años después, fue achatarrado.

Siempre rodeado de camiones

Pegaso 1083 ChoclánJuan Manuel confiesa que su afición por los camiones comenzó nada más nacer. Eso dice mucho de alguien que es profesional de la carretera, aderezado con un contexto tan convulso como el actual. Nuestro protagonista no disimula que fue el Pegaso 1086 que tuvo su padre el responsable de que prendiera en él la llama de esa pasión que continúa hoy más viva que nunca.

Ya con ocho años, y en plena edad escolar, cualquier período vacacional o día festivo lo aprovechaba para marchar con su padre de viaje en el camión. De este modo, y de primera mano, bien pronto conoció la profesión por dentro y supo lo dura que realmente era. En cualquier caso, tampoco se amilanó, y de forma paulatina pero constante, se dio cuenta de que su futuro estaba ligado al camión.

Viendo esa actitud tan positiva por parte de Juan, su padre le dejaba mover el camión en espacios cerrados, durante las esperas para cargar o descargar. Casi sin darse cuenta aprendió a conducir y a manejar el cambio de bola. Esto último no era tarea fácil, y menos para un niño de tan poca edad. Juan se enorgullece cada vez que nombra a su padre. No es para menos, ya que fue un magnífico maestro; el mejor, sin duda. Alguien que administraba magisterio y paciencia a partes iguales. Los dos ingredientes fundamentales que todo aprendiz necesita.

Difíciles comienzos

Nada más cumplir la edad obtuvo el permiso de conducir vehículos pesados. Sus comienzos fueron con camiones veteranos con los que tuvo que “lidiar” no pocas veces. Empezó con un Avia 4500, después con un Pegaso Comet y posteriormente con un Europa. Eran vehículos en los que se sufría el calor en verano y se Pegaso 1083 Choclánpadecía el frío del invierno.

Del Comet nos recuerda una experiencia sufrida en un pueblo de Cuenca. Llovía muchísimo y de pronto se le paró el camión en plena calle, comprobando que no le llegaba gasoil a la bomba de inyección. Como pudo consiguió un tubo largo de plástico con el que puso en comunicación el depósito con la bomba, y así, con no pocos sufrimientos, consiguió continuar su viaje.

Después vendrían un Tecno 1234 y un Troner 1237, siempre como chófer. Pero en el fondo, Juan deseaba tener su camión propio. Algo que, por fin, consiguió en 1996, año en el que compró el Iveco TurboStar. A éste le siguió un Renault Magnum de 430 CV, hasta llegar a otro Magnum 480 CV, que conduce actualmente, y siempre trabajando para la cooperativa de transportes Aratrans.

Nuestro amigo es un pegasista convencido. De hecho nos dice: “Porque ya no se fabrican, que si no, tendría un Pegaso para trabajar”. Sea como fuere, Juan es un camionero vocacional, y además, se enorgullece de ello. Como no podía ser menos, el apoyo de su familia ha sido fundamental; sin él, difícilmente podría haber seguido adelante. Con estas premisas, no hace falta explicar por qué lleva los nombres de cada uno de los miembros de su familia escritos en el frontal de su cabina.

Pegaso 1083 ChoclánPasaban los años, y Juan estaba cada vez más convencido de que no había mejor manera de homenajear a su padre y a sí mismo que recuperando un cabina cuadrada. Y como la paciencia suele dar buenos frutos, llegó octubre de 2008 y empezó a dar forma a ese sueño largamente acariciado.

En un desguace permanecía desde hacía 15 años un Pegaso 1083 que, a simple vista, no tenía mala presencia, todo lo contrario. Solamente hubo que ponerle baterías nuevas y el Pegaso arrancó como si acabara de pararse. Toda una premonición del buen estado en el que se encontraba.

Se trataba de un vehículo dotado de caja basculante, especializada en el transporte de sacos de harina y de graneles, ya que su anterior y único propietario fue una empresa harinera.

Una vez adquirido, lo trasladó al taller de las instalaciones de la cooperativa Aratrans. Allí se repasó el motor y la instalación eléctrica. Los encargados de realizar ambas reparaciones fueron Antonio Sánchez y Alberto Lázaro, respectivamente. La chapa no precisó de demasiados trabajos.

No obstante, se lijó la cabina entera para quitar la pintura anterior y, de paso, sanear los defectos que tenía. Éstos retoques fueron obra de Antonio Molina, que hizo una primorosa restauración. Para la decoración, Juan tenía muy claro que iba a poner los mismos colores que tenía el Pegaso 1086 que tuvo su padre. Aquel recordado camión con el que empezó a hacer sus primeros pinitos bastantes años atrás.

Pegaso 1083 ChoclánFinalizado el pintado y encarrilando el tramo final, el interior de la cabina fue tapizado por parte de Toldos Pastor. Posteriormente se le confeccionó al camión una lona para su caja, con lo que el conjunto final nos deja una bonita estampa rutera, muy habitual de los años 70. Tras poco menos de un año y con un importante esfuerzo realizado, la restauración del 1083 quedaba lista.

Nuestro protagonista veía cumplido lo que tanto había deseado, una restauración muy bien hecha y en la que destaca el escrupuloso respeto a la originalidad del Pegaso. Hay muchos detalles que dan a estos camiones señas de identidad propias, y éste los tiene. Con él, su dueño puede proclamar a los cuatro vientos su condición de pegasista de corazón.

Una vez finalizado, el camión no ha permanecido quieto. Así, ha participado en diversas concentraciones de clásicos industriales y en otros eventos siempre relacionados con el mundo del camión. Zaragoza, Torrelavega, Albacete o el circuito del Jarama han visto en acción el 1083 de Juan.

Un Juan para el que nunca tendré suficientes palabras de agradecimiento por su inestimable colaboración para que este reportaje saliera adelante. Facilitándome fotos personales, atendiendo mis llamadas y contestando puntualmente mis correos. Hablo de Juan, pero también quiero mencionar a su esposa, Mariluz, y a sus hijos, Cristina y Óscar. A todos ellos, mi más sincero agradecimiento.

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