Los Ford V8 y GMC CCKW 353 de Alejandro García

De la galería de sentimientos que es capaz de reproducir el recuerdo sonoro de un motor, seguro que nunca fueron conscientes Juan Urrea y Alejandro García, conductores, por este orden, de un Ford V8 y un GMC CCKW 353.

El más obstinado en unir los rumbos de ambas historias es sin duda otro Alejandro, el hijo de este último, que allá por 1995 se consagró en cuerpo y alma a la búsqueda de aquel GMC con el que su padre le había enseñado a dar los primeros pasos al volante.

“El auténtico GMC que había llevado mi padre –recuerda Alejandro en su casa de Vitoria, a la que hemos acudido a visitarle– estaba desaparecido, así que en compañía de Arantza, mi mujer, los fines de semana íbamos en busca del tesoro de diez ruedas. Preguntando mucho, encontramos algunos, pero siempre en muy mal estado, hasta que un día mi amigo Eduardo me dijo que vendían un Ford V8 en Lekeitio (Vizcaya), que llevaba 10 años parado. Era tan similar al GMC, y lo vimos tan bonito y bien mantenido, que el 5 de agosto de 1999 lo fuimos a recoger”.

Ford y GMCAsí fue como Alejandro y Arantza se presentaron ante la familia Urrea, encantada de darle una nueva vida a su queridísimo Ford, modelo conocido popularmente como Ford María de la O.

Juan Urrea (Q.E.P.D.) adquirió en 1956 su María de la O, un vehículo que llevaba ya muchos años de trabajo transportando harina en una fábrica de Sevilla. Sus nuevos menesteres se desarrollaron principalmente en tierras alavesas, riojanas, burgalesas y navarras; siempre a través del puerto vitoriano de Urkiola.

La mercancía comprada (cereal de Belorado, patatas del condado de Treviño y los pueblos de la llanada alavesa, habas de Rincón de Soto o paja de Los Arcos) era vendida principalmente en Lekeitio y alrededores. Su clientela tanto se ubicaba en núcleos urbanos como en los caseríos diseminados por la zona, aunque también era muy usual el trasporte de pescado de temporada, como el besugo, bonito o anchoa, hacia fábricas cántabras o vascas.

Como a finales de los 50 había escasez de autobuses urbanos, este Ford transportaba en determinadas ocasiones a personas. Para ciertos eventos, como la coronación de la Virgen de la Antigua o la asistencia a la basílica de Urkiola, la parroquia contrataba el vehículo y colocaba algunos bancos de la iglesia en la caja para que la gente fuera más cómoda. Otro de sus transportes públicos más curiosos era el porte de barracas y otros puestos de feriantes para las fiestas populares.

Fue tanto el cariño que se ganó durante más de 30 años de trabajo, que Juan y su mujer Rosario, que actualmente tiene 90 años, decidieron que nunca se desprenderían de este Ford… nunca, hasta que la mano de Alejandro García se comprometió ante ellos a darle una segunda vida activa a su querido María de la O.

Ford y GMCAlejandro fue el primer sorprendido de encontrarse ante un vehículo tan longevo, pero con una salud de hierro. “Le cambié filtros y aceites –nos cuenta–, pero con baterías nuevas, fue tocarle el botón de arranque y saltar el Barreiros que llevaba dentro. Lo llevé luego a mirar la inyección al taller de Eloy Gamiz, un mecánico de toda mi confianza. Eloy trabajaba en un taller de inyección y solo tenías que decirle los síntomas que apreciabas en tu vehículo para que acertara a la primera. Era – recuerda con un hilo de emoción– un artesano de su trabajo, que no fallaba nunca”.

El Ford volvió a ir como la seda y recuperó su mejor sonido original, tras quitarle algunas pequeñas fugas. Nuestro protagonista no quiso hacerle mucho más para, según sus propias palabras, mantener sus primeras esencias: un alambre por aquí, una cuerda para el trinquete del freno de mano por allá, etc.

“Estaba y estoy encantado con mi Ford, pero –se sincera Alejandro– no era mi GMC, pues no tenía tres ejes, ni volquete, ni palancas por el suelo. Así que seguimos buscando uno, hasta que lo encontramos en la localidad vizcaína de Markina”.

Ford y GMCEl CCKW 353 es un vehículo de singularidad militar, que tuvo sus días de gloria en la II Guerra Mundial, por encargo del Gobierno de EE.UU. de la época a las firmas Ford y General Motors, como contrapeso perfecto al Opel Blitz de la Wehrmacht (Fuerzas Armadas de la Alemania nazi).

Con su característica jaula protectora del motor y los faros, este GMC, de construcción relativamente sencilla y fácilmente transportable en barco, era fiable y potente en los terrenos más desiguales, capaz de portar 2,5 toneladas de carga útil, y fácilmente reparable en el campo de batalla.

Por fortuna, las batallas que dirime hoy con él Alejandro son mucho más amables, ya sea para transportar leña, una escalera o una simple carta. Se trata, como muy bien nos expresa con un verbo inmejorablemente elegido, de “jugar” con él. El motor seis cilindros de gasolina de este 6X6 fue cambiado en su día por un Perkins, con un gasto de combustible mucho más asumible. Pero Alejandro reconoce que su goce con este GMC no es del todo completo, pues tiene el chasis algo doblado.

Es tanta la devoción que nuestro alavés siente por ese modelo, cuyo volante acariciaba con apenas 9 o 10 años, sentado en las rodillas de su padre, que se hizo hace poco con otro aún en mejor estado, que espera tener pronto a punto. Con un tercero, no utilizable, pero bien aparcado en su amplia lonja, se abastece además de las piezas que le pueden ser necesarias. Su Ford V8 y su GMC CCKW son los mimados de la casa de Alejandro y Arantza. En cualquiera de ellos, una larga excursión, un pequeño paseo o el más escueto recado se convierte siempre en un inacabable viaje en el tiempo.

 

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