Fran Calviño, vivir para ganar

A parte de la familia, hay dos cosas que Fran Calviño (Touro, A Coruña, 1975) venera con fervor religioso: una, Motörhead. El metal atrona su cabina a todas horas –por si hay dudas, un tatuaje en el brazo derecho confirma su fe por el dios Lemmy, líder, fundador y vocalista de la banda–; y dos: los camiones. Ambas pasiones le corren por las venas desde bien pequeño.

De la primera es difícil saber dónde está el origen. De la segunda, no hay duda: el responsable fue su padre, Fran CalviñoFrancisco Calviño.Camionero de los de antes, bregado en rutas nacionales de los años setenta y ochenta, Francisco se dedicó, primero, a los transportes especiales; a las bañeras, más tarde; y finalmente, al transporte de madera Galicia-Levante.

No quería que su hijo Fran se dedicara a esto, pero pasó lo que suele pasar. ¿No quieres caldo?, pues toma dos tazas. Al joven Fran le faltaba tiempo para montarse en la cabina y marcharse de ruta con su padre. “Le engañaba –confiesa Fran entre risas–. Le decía que ya habíamos acabado los exámenes y que estaba libre para irme de viaje con él”.

Los libros de texto del colegio le aburrían, pero no había mes que no devorara Mundo Camión. “Mi padre no soportaba que la leyera. Decía que me llenaba la cabeza de pájaros. Un día coloqué una pegatina en el frontal de su camión y el hombre me echó una bronca ¡de la hostia! –explica Fran–. Pero fíjate que jamás la arrancó”.

Fran CalviñoLa locura transitoria de Fran –igual no tan transitoria– le llevó con 16 años a escribir una carta a una empresa de transportes australiana cuya dirección había visto, precisamente, en uno de los reportajes de nuestra revista, allá a principios de los años noventa.

Una historia sobre los road trains. “Vi el nombre de la empresa en un lateral de un Western Star azul –relata Fran–. Así que les escribí como pude, les dije que me encantaba ese camión”. Al cabo de casi un año, Fran recibió respuesta desde Australia. Le daban las gracias, le explicaban cómo era el trabajo allí, y le adjuntaban más fotos de la flota y la granja en donde vivían. “Aún conservo esa carta como si fuera oro”, confiesa nuestro protagonista.

La cosa, obviamente, no quedó ahí. Al cabo de un par de años, Fran ya tenía decidido que después de la mili, con los carnets recién sacados, se iba para Australia a conducir road trains. De modo que e se le ocurrió adelantar tiempo y escribir a la embajada australiana preguntando cuál era el procedimiento a seguir.

“Cuando mis padres recibieron en casa la respuesta de la embajada, se formó la de Dios. ¡Que dónde iba yo a Australia! ¡Que eso estaba a tomar por saco!”. Ahí acabó la aventura de Fran en las Antípodas, pero ya no había marcha atrás. Él iba a ser camionero. Y si no podía ser en Melbourne, sería en Touro, Carballo o Sanxenxo. ¡Qué más daba!

Padre e hijo, inseparables

Fran CalviñoPese a aquellas primeras reticencias, el bueno de Francisco no tuvo otra que aceptar, finalmente, la vocación de su retoño. Justo después de la mili, con 21 años, Fran se subió al camión y padre e hijo empezaron a trabajar en tándem.

Corría el año 1996 y Fran vivía, por fin, su sueño de niño. “Esos fueron, sin duda, los mejores años – reconoce–. Cada día juntos, cuando uno conducía, el otro dormía, solo parábamos a comer, dos viajes a la semana a Levante… era genial. Y fíjate que mi padre era el único conductor con el que pude compartir cabina. Con ningún otro he podido”.

Después de cerca de un año y medio compartiendo vida y profesión a diario, Fran se dedicó a hacer nacional como chófer durante los siguientes siete años. El equipo padre-hijo volvió a juntarse después de ese “impasse”, esta vez cada uno con su vehículo. “Cargábamos tablero en los aserraderos de por aquí y recorríamos España, rumbo a Valencia y Murcia, con dos cosechadoras Renault. La suya, una 470 CV, y la mía, una 480 CV”.

Fran CalviñoFueron años gloriosos para Fran. Salían de Galicia juntos, uno detrás del otro, y la faena les llevaba a cada uno por su lado. A veces coincidían en el regreso, a veces se cruzaban por el camino… pero siempre caía la llamada telefónica de rigor. Si no era uno el que marcaba, era el otro.

Un mal día de julio de 2015, Francisco no respondió a la llamada de su hijo. Era medio día y ambos salían de Galicia con una diferencia de una hora. Fran detrás. Era raro que no contestara al teléfono. Algo no andaba bien. Fran se topó con el drama en el kilómetro 388 de la A-6, en Ponferrada. En la cuneta, terraplén abajo, el Renault de su padre volcado.

‘Born to lose, live to win’

En un instante, todo dejó de tener sentido. Seguir trabajando al volante ¿para qué? Los siguientes meses fueron de pesadilla. Fran no quería ni oír hablar de camiones. Tenía decidido que a partir de entonces lo dejaba. “Cualquier cosa menos camiones”, repetía una y otra vez. Salir de viaje sin ver por el retrovisor la Fran Calviñosilueta del Renault de su padre, o delante, sobre la línea del horizonte, era demasiado sufrimiento. Y tocó fondo.

Por fortuna, el equipo de Fran resultó no ser únicamente el que formaba con su padre. Alrededor de este gallego afable y pertinaz, hubo un grupo de personas que no lo dejaron caer más, y que poco a poco lo lograron convencer de dónde estaba su verdadero lugar.

Ahí estuvo Susy, su mujer, y su hermano, Aitor, siempre apoyándole, cada día; y Francisco Midón, un excamionero amigo de su padre, que le sacaba de casa para ir de visita a los concesionarios, a ver camiones.

“Y mi amigo Jose –cuenta Fran–. Del bar Tabacos, de Santiago, donde toda la vida hemos tenido el cuartel general, y donde me refugié día tras día, primero en el bar y luego en su casa. Siempre con él y él conmigo. Todos me decían ¿y a qué te vas a dedicar tú? ¿A los dos días te vas a aburrir? Y la verdad es que tenían toda la razón. Esta es mi vida”.

Fran CalviñoHoy, Fran vuelve a sonreír en la cabina de su Volvo FH500. Pasa casi a diario por el mismo lugar en el que su padre perdió la vida y, aunque todavía se le encoge el pecho y aparta la mirada, reconoce que ha recuperado la ilusión por el camión. “He tardado casi dos años, pero he vuelto a pillarle el gusto”.

La muerte forma parte de este trabajo. Fran ha probado la hiel de esta profesión. Quizás el peor de los castigos. Y pese a todo, ahí sigue, con puño de hierro y siempre fiel al espíritu de Lemmy, que brilla en la chapa del camión y en la piel de su brazo: “Born to lose, live to win”. Nacer para perder, vivir para ganar. Este es Fran Calviño… y toca rock’n’ roll.

Arículos relacionados

Únete a los comentarios

Pin It on Pinterest

Shares
Share This
Apúntate al newsletter

Apúntate al newsletter

Recibe cada semana nuestras noticias.

¡Gracias por suscribirte!