Ford V8 ‘María de la O’, de Ginés Hernández

267_clasico_fordV8_06Se trataba de marcas muy importantes de ámbito mundial, como Chevrolet, GMC y, sobre todo, Ford. De la mano de esta última, y procedentes de su filial inglesa, llegaron muchos Ford V8 de 1938, como el que protagoniza nuestro reportaje. Tras tres largos años de conflicto, y la posterior posguerra, el parque de vehículos superviviente era, además de heterogéneo, tremendamente desalentador.

Por eso, no es de extrañar que poco tiempo después la mayoría de aquellos camiones raramente se mantuvieran en estado completamente original. Las frecuentes averías y la ausencia de repuestos hicieron que, a medida que iban pasando los años, se perdieran las motorizaciones originales en beneficio de nuevos propulsores diésel, más eficaces y económicos que los predecesores de gasolina.

Siendo España un país dado a poner apodos por doquier, no es de extrañar que los camiones también los recibieran. El imaginario popular se ha encargado de “rebautizarlos” con apelativos y apodos, con los que pasan a ser conocidos desde ese momento y para siempre. Lo cierto es que estos apodos no siempre ensalzan las bondades de la máquina en cuestión, sino que por el contrario muchas veces se hacen eco de sus defectos, estética o averías frecuentes. Curiosamente, fueron estos motes, los que apenas tenían que ver con aspectos técnicos, los que más se perpetuaron, y este modelo de Ford tampoco fue la excepción.

Así, la forma ovalada de su calandra “dictó sentencia”, con lo que pasó a conocerse como María de la O. Nada más y nada menos que el título de la más famosa copla de la época, compuesta para la artista Estrellita Castro, y que se convirtió en icono de aquellas desgraciadas generaciones enfrentadas en la peor de las guerras: la fratricida.

267_clasico_fordV8_09No resulta tarea fácil documentar la historia de un camión en concreto, y más cuando han transcurrido muchas décadas desde su adquisición. Si además el vehículo es de procedencia extranjera, la cosa se complica aún más. En este caso, la primera pista nos la dan su matrícula y la placa grabada que conserva en el salpicadero.

Dicha placa era una imposición del Ministerio de Industria y en ella está troquelado el nombre de su propietario y su domicilio, la marca, la matrícula y los números de motor y bastidor. El camión perteneció, en primera instancia, a una empresa llamada Cementos Superland, sita en la población gerundense de Pont de Molins.

267_clasico_fordV8_05Posteriormente, y gracias a la información facilitada por Xavier Maluquer, conocedor como pocos de la historia del transporte en Girona, sabemos que Cementos Superland era una pequeña empresa familiar de la comarca del Alt Empordá, una comarca en la que coexistieron varias cementeras más que la crisis del petróleo de 1973 se llevó por delante. Por eso, no tuvieron más remedio que fusionarse en una sola, cerrándose el resto de las plantas, incluida la de Pont de Molins.

El camión ha llegado bastante entero hasta nuestros días, aunque entre medias le cambiaron su motor y la cadena cinemática original por otra de Ebro, en concreto del modelo B-35/45. El Ford acabó así en manos de un coleccionista que lo mantuvo, hasta que en invierno de 2011 lo adquirió Ginés Hernández, persona bien conocida por la afición española a los clásicos industriales, pues ya su Leyland Beaver fue objeto de un interesante reportaje en nuestra revista allá por 2006.

El compromiso de Ginés con la afición a los clásicos va unido para siempre con su sentimiento de viejo camionero o, como él mismo diría, “chófer de los de antes”. Todo esto podemos condensarlo fácilmente diciendo que en los próximos meses veremos desfilar por nuestro querido “Rincón del restaurador” nuevas sorpresas. Pero no nos adelantemos, que todo llegará a su debido tiempo.

Manos a la obra

267_clasico_fordV8_14En febrero de 2011, y aprovechando el reporte de una góndola de Paco Bernal que volvía de Francia, el Ford se cargó y viajó hacia Cartagena, y más concretamente hasta las instalaciones de la empresa regentada por Dionisio Ureña, quien se haría cargo de su restauración. Dionisio es el hijo mayor de Segundo Ureña, fundador de Carrocerías Ureña. Aunque actualmente no se dedica profesionalmente a ello, este hombre sigue atesorando la experiencia necesaria para abordar con garantías el reto que suponía la restauración de este camión y, sobre todo, la elaboración de una carrocería de época, algo tanto o más importante si cabe.

Nada más verlo, Dionisio expuso a Ginés su propuesta para el María de la O. Se trataba de recuperar la imagen de un camión igual a otro que estuvo trabajando por Cartagena y su comarca en los años 50 y que llegó, en mejor o peor estado, hasta los años 90. Un camión cuyo dueño, para no ser menos, también tenía apodo; en este caso, El Vinagrero.

Tras un primer examen, el camión presentaba buen aspecto, al menos a simple vista, algo que la cruda realidad se encargó de desmentir poco tiempo después. Disponía de una pequeña caja basculante que no se correspondía con la antigüedad del vehículo, aunque sí que lo era su vetusto sistema de basculación. Por tanto, lo primero fue desmontar la carrocería que traía y alargarle la parte que en su día se le cortó al chasis.

Nos detenemos en el desarrollo del reportaje, para centrarnos en la citada carrocería. Durante décadas, hasta la irrupción del poliéster primero y el aluminio después, los laterales de las carrocerías llamadas “fruteras” eran habitualmente de madera. Éste era un material asequible en lo económico, relativamente fácil de trabajar y que además no penalizaba en exceso el peso final del conjunto. Eran las conocidas como “cajas de cuarterones”, llamadas así por los cuadrados (en realidad rectángulos) que se formaban entre los laterales fijos y los sucesivos listones de madera que se interponían unos sobre otros para conformar el forrado. Se solían alternar los listones en dos tonalidades, para dar el acabado característico de estas singulares carrocerías.

En el caso del camión de Ginés, la carrocería no lleva marquesina y sí unos listones que sobresalen verticalmente en la parte delantera, un detalle que tenía la carrocería que sirvió de inspiración, que no era otra que la del mencionado Vinagrero. El objeto de estos listones era poder llevar recogidos los troncos de cañas que solía transportar. Cañas que, en aquellos años, servían para hacer tomateras para el campo.

La nueva carrocería se finalizó, mientras la restauración del camión apenas había echado a andar. Se habían desmontado puertas, aletas, capot y otras piezas externas para trabajar sobre ellas. El chasis requirió ser enderezado, a la vez que se recorrió entero hasta dejarlo completamente limpio de óxido e imperfecciones. Una vez desprovista la cabina de pintura, se vio a las claras lo mal que estaba realmente, pues tenía un gran número de fallos, bollos y parches en su superficie. Había parches hasta en el salpicadero.

267_clasico_fordV8_19La parte mecánica no precisó de mucha intervención, puesto que funcionaba perfectamente, aunque se necesitaron ajustes y reparaciones puntuales, como la de su radiador y frenos. Reparar la cabina consumió bastante tiempo, por lo que verla imprimada supuso “un antes y un después”, que determinó el avance real de los trabajos. Si la cabina quedó perfecta en cuanto a chapa, qué decir de su pintado.

El color rojo vivo de la cabina, conjugado con el negro de las aletas y el cromado del paragolpes y los accesorios, remató la imagen perfecta para un camión tan veterano como éste. Jorge, el hijo menor de Dionisio, se encargó de numerosos trabajos, menores en cuanto a su envergadura, pero imprescindibles para rematar la faena: la renovación de la instalación eléctrica, la eliminación de huelgos en el eje trasero o la reparación de los mandos del salpicadero. Aunque si se trata de destacar algo, nos inclinamos por la recuperación de los relojes indicadores del salpicadero, que precisaron de mucha paciencia por parte del propio Jorge.

Toda la restauración del camión se hizo in situ, excepto el tapizado del interior de la cabina, labor esta que se realizó en los cercanos talleres Balastegui. Un año después de su llegada a Cartagena, el Ford de Ginés Hernández estaba listo para engrosar la, cada vez mayor, lista de clásicos industriales recuperados. Desde nuestro rincón queremos otorgar nuestro reconocimiento a Ginés, por su incansable apoyo a todo este apasionante mundo de los viejos camiones. ¡Gracias, maestro!

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