El Ford AA de 1929 de Francisco Palau

En un pequeño taller de la calle Galileu del barrio de Sants de Barcelona se esconde un museo del vehículo clásico. Su propietario, Francisco Palau, no solo brega con viejos motores y chasis de antaño, sino que, además, convive día y noche con ellos. Su casa está sobre el taller y desde el sofá tiene a la vista algunas de sus piezas más estimadas, como un Ford y un Renault con 114 años de historia, por ejemplo. Hace un par de años, Francisco comenzó la restauración de su enésima reliquia, un Ford AA originario de 1929, sobre cuyo chasis incorporó, además de una cuba de vino y su pertinente bomba de extracción, un antiguo equipo de gasógeno.

Ford AA Gasógeno

Es precisamente esta pieza la que da sentido a toda la restauración, la chispa que da lugar a la inevitable ignición en el espíritu de Francisco y la minuciosa restauración posterior del Ford. “No recuerdo de dónde salió el gasógeno – explica nuestro entrevistado–. Compras tantas cosas que al final es imposible acordarte. El caso es que encontré el gasógeno arrinconado en un taller, sin camión, y me lo quedé. Desde entonces estuve buscando un vehículo para acoplárselo… hasta que apareció el Ford AA”. La llamada llegó de un amigo de Martorell: tenía un chasis de un viejo Ford de 1929. “El vehículo no estaba mal, había estado bajo cubierto, pero no tenía cabina ni caja, era el chasis pelado. Se lo compré y empecé la restauración”.

A base de retales

Ford AA GasógenoEste excamionero hijo de transportista empezó a restaurar clásicos por afición, durante los fines de semana, y poco a poco —cansado de la vida sacrificada al volante y empujado también por el deseo de su hijo, que prefería dedicarse a la mecánica antes que seguir los pasos del padre— fue abandonando los rigores del volante por la tranquilidad del taller. Clásico a clásico, Francisco fue ganándose cierta reputación entre los aficionados a las reliquias sobre ruedas de toda España —él mismo ha formado parte de multitud de rallys de históricos nacionales—y se convirtió en un cirujano de vehículos vintage infalible y en uno de los pocos maestros artesanos mecánicos de toda Cataluña, si no el único.

Ford AA GasógenoBuena muestra de su pericia mecánica es, sin duda, este Ford AA. Como él mismo comenta, el proyecto arrancó únicamente con un chasis, por un lado, y un gasógeno por otro. ¿Cómo terminó esa crisálida en la reluciente criatura que aparece en estas imágenes? Primero, con paciencia y horas; y segundo, con una buena dosis de imaginación y buen gusto. Francisco lo explica: “El vehículo se fue ensamblando con piezas de aquí y de allá. La suerte es que era un Ford, que es el abecé de la mecánica y además puedes encontrar de todo aún hoy. En Estados Unidos lo han mimado mucho, hay mucha tradición, así que si necesitas una pieza, la encuentras”, asegura. Todo el material que pudo recuperarse, no obstante, se conservó. El motor, por ejemplo, es el original del AA, un cuatro cilindros de 3,3 litros y 40 CV de potencia, exactamente el mismo que montaba la versión turismo, el Ford A. Se le hicieron las camisas, los pistones y se ajustó de arriba abajo. Resultado, óptimo: “Este motor ya era una maravilla en su época, de lo mejor que ha fabricado Ford –asegura Francisco–. Ford AA GasógenoLógicamente nada comparable con lo que se hace hoy. Si me dices ‘vamos a Madrid con él’, te digo que no, claro, pero para andar por aquí, incluso hasta Tarragona, sin problema”.

La recuperación de piezas, la improvisación cuando faltan, el ingenio del mecánico, todo juega a favor de la restauración. “Hoy en día se arregla todo, excepto la muerte, que ya es más complicado –dice con sorna nuestro entrevistado–. Si conoces este mundo, te gustan los vehículos de época y tienes buen gusto, lo arreglas, encuentras siempre una solución”. El depósito de la gasolina, por ejemplo, estaba podrido. Pero después de innumerables horas de trabajo terminó impecable. Más complicado fue darle forma a la cabina. El vehículo venía desprovisto de una, y fue necesario encontrar los planos del modelo AA y mandar a un carpintero amigo de Francisco que los interpretara y construyera. Dicho y hecho. “Tienes que trabajar con alguien a quien le guste este mundo, que tenga gusto y que sepa lo que hace”. El interior de la cabina se tapizó de manera austera, “lo básico, acorde con el tipo de vehículo que era” y las ventanillas originales —de manivela— se sustituyeron por unas totalmente manuales, como las de los trenes antiguos, “que también tienen su gracia”.

Un varillaje para canosos

El gasógeno condicionó el tipo de reconstrucción en la zona de carga. El equipo debía quedar instalado en el extremo del chasis obligatoriamente, porque si se colocaba justo detrás de la cabina, carbonera y depósito quedaban separados. Igualmente, si se montaban una caja y el gasógeno en el extremo Ford AA Gasógenofinal, el resultado estético quedaba penalizado por la imposibilidad de abrir los portones traseros. A Francisco se le encendió la bombilla. Nada de caja. Necesitaba un botero. Así que viajó hasta Vilafranca del Penedès. Allí, un artesano le fabricó una cuba de 1,80 m de largo por 1,50 m de barriga usando las duelas de una antigua cuba de principios del siglo xx. El depósito cuenta con una capacidad de cerca de 2.500 litros y una bomba manual para hacer los trasvases. Un detalle que refleja el buen gusto del restaurador.

Pero donde queda más patente la pericia mecánica de nuestro entrevistado es, sin duda, en el sistema de doble combustible gasolina-gas que monta el Ford. Y es que el gasógeno no está únicamente para decorar al vehículo. Funciona. Como, lógicamente, funciona también la combustión a gasolina. El sistema es complejo porque tiene un varillaje complicado. Con el mismo pedal del acelerador accionas tanto la entrada del carburante a gas como a gasolina. Que entre uno u otro depende de una manivela situada dentro de la cabina, desde la que se abre o cierra la válvula. “No es sencillo”, reconoce Francisco. Pero los años son un aliado. “Sabes cómo hacerlo si tienes el pelo blanco, como yo. Has de conocer la historia”.

Ford AA GasógenoEl de Francisco es, probablemente, uno de los pocos gasógeno que se conservan listos para ser usados. “Es bonito usarlo un día: le metes fuego al carbón, aspira y en 15 minutos ya hace gas. Pero claro, el carbón de encina, pese a ser limpio, hace humo. Y no estamos acostumbrados. Si lo metes en un local cerrado ¡imagínate la humareda que se genera!”. La mayoría ha desaparecido, pasto del desguace, y los que siguen vivos suelen descansar en talleres y museos como pieza de coleccionista. “Me encantaría encontrar a alguien que tenga uno, para cambiar impresiones –confiesa nuestro protagonista.- Son difíciles de encontrar y esa es, precisamente, la razón por la que esta restauración me hizo tanta ilusión. Ford hay muchos, pero con gasógeno… es difícil. Y son piezas que, cuando se pierden, ya no se recuperan”. Por suerte, todavía quedan arqueólogos de la mecánica que alargan un poco más la historia del transporte.

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