El Renault Magnum de Rubén Moras

Los Moras siempre han sido de ponerle nombre a sus vehículos: Pony, Mimosín, Cordobés, Abuelo… o Manolito, que como ya habrá adivinado el lector es el apelativo por el que todo el mundo conoce este Renault Magnum.

En la morada de los Moras, los camiones cabalgan con las herraduras propias de cada momento de la historia. Florentino, el abuelo de Rubén, no sólo anduvo por muchas carreteras, sino que hasta contribuyó a la creación de algunas con una plataforma de mercancías especiales. Precisamente de boca de su abuelo empezó a oír el pequeño Rubén las primeras historias que le cautivaron: las siestas bajo el camión, el pararse a aproximar los frenos antes de bajar un puerto o aquella anécdota mil veces contada del empotrado en una casa, en el frenesí de intentar espantar una avispa “asesina”.

No obstante, sus primeros pasos como camionero los dio de la mano de Justino, su padre. Con él, siendo niño, aguantaba como un hombretón, sin dormirse, al acompañarle en las noches de verano transportando pescado. Como tantos otros hijos de camionero, su infancia son recuerdos de un padre a cientos, miles de kilómetros, pues Justino ha hecho siempre internacional con frigo y portacoches.273_decorado_renault_14

Una generación después, pues ya sabemos las vueltas que da la vida, es Rubén el que deja a sus tres hijos en casa cuando hace ruta por Europa. Tras cada viaje, nuestro protagonista tiene que agacharse un poco menos para besar a sus hijos, y todo por esa manía que tienen los niños de estirarse en nuestra ausencia; si bien hay que reconocer que eso de que nuestros hijos crezcan tan rápidamente es como la vejez: no queremos que llegue, pero cualquier otra alternativa es siempre peor.

Rubén Moras decidió aerografiar las caras de sus hijos Raquel y Rubén en el Magnum, para que en cierto modo le acompañaran siempre en sus viajes, pero si tienes un tercer hijo, lo que ya no puede ser es que vayas con dos de tus hijos grabados en un metro cuadrado de la carrocería, y el tercero se tenga que conformar con ir en una foto dentro la cartera.

La pequeña Ruth pide su lugar en la cosechadora, así que para ello Rubén ya ha contactado con su artista de guardia, que es Damián Simal. Con éste ya ha acordado que el lugar que ocupa ahora un castillo será para Ruth. Al tiempo, quitará la puerta y el paño con las caras de Raquel y Rubén, para guardarlos por siempre de recuerdo, y pintarlos otra vez, en una imagen más actualizada.

Simal y su hijo Tello son de la entera confianza de Rubén. “El decorado que estáis observando se lo curró en tres semanas. Es un máquina, y eso que lo suyo en verdad es más el óleo que la aerografía. Así pues, me costó un año convencerle – continúa explicando Rubén-, pero tenía claro que quería que fuera su mano la que pusiera su magia en mi camión, porque Simal es eso, un mago capaz de coger una servilleta mientras estás en el bar y hacerte sobre ella una ilustración maravillosa, del mismo modo que si algún día el destino os lleva por casualidad al tanatorio de Aguilar de Campoo (Palencia), veréis un mural fabuloso creado por él.

273_decorado_renault_11Según reconoce Rubén con una gran sonrisa en la boca, lo que él quería en un principio era pintar a sus hijos Raquel y Rubén a carboncillo, en uno y otro lado del camión, pero fue su mujer Rosa la que iba hablando a escondidas con Damián Simal para esbozar la obra final. De tal, llamémosla, conspiración surgió la idea de enlazar imágenes infantiles con duendes y animales que salen en el libro “Las crónicas de Narnia”.

Con Rosa, que nos acompaña durante toda la sesión fotográfica, Rubén muestra esa complicidad invulnerable de quienes -son palabras de Rubén- han pecado mucho en compañía. “Unas veces –dice él- conduces de día y otras de noche… unas comes pronto y otras tarde. En parte, me siento afortunado de conocer lugares distintos con el camión, pero estar lejos de los míos es lo que peor llevo.

Les echo muchísimo de menos, aunque por suerte Rosa me apoya siempre. Si en casa yo viera malas caras al llegar, mi oficio sería imposible”. “La verdad –dice ella- es que Rubén tiene poco tiempo y muchas cosas en la cabeza, como a tantos les pasa hoy en día, pero lo cierto es que, al margen de lo mucho que trabaja fuera, me ayuda mucho con los niños y la casa”.

Para limar cuatro detalles del reportaje, hago una última llamada de teléfono a Rubén,que, cómo no, está por Europa y viene con viruta de madera para caballos en dirección a Brunete (Madrid). La subida con el Magnum suele ser para los mismos clientes. “Suiza, Inglaterra, Polonia… donde me manden. Hoy en día –concluye Rubén- no está la cosa para andar eligiendo”.

Cuando Rubén llegue a casa lo primero que hará, como siempre, es llamar al abuelo Florentino, de más de 80 años, para que se quede tranquilo. Con él, su padre Justino y sus tres hijos, espera poder restaurar algún día su Renault Midliner S-150, que fue el primer camión que Justino compró. “En casa siempre me enseñaron que, si quería camiones, primero tenía que estudiar, así que me saqué el segundo grado de mecánica industrial. Hay valores auténticos –concluye Rubén- que van más allá de cualquier generación, y eso es lo que procuraré transmitir siempre a mis hijos”.

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