DAF XF95 de Eduardo Rando, bellas y bestias

No hace falta cavilar mucho para acertar, pero sí cabe hacerse otra pregunta de más incierta naturaleza: ¿por qué ese empeño en que su primer camión tenía que ser un decorado? Está claro que no a todo en esta vida se le puede encontrar una respuesta racional. En octubre de este año ha hecho 13 años desde que Eduardo sacó este camión recién decorado del taller de Fernando, su pintor de confianza en San José de la Rinconada (Sevilla); y 2,5 millones de kilómetros después aún sigue él mismo sin saber a ciencia cierta de dónde le vino esa vena decoradora.

“No lo sé, chiquillo, pero del conDAF decoradocesionario lo llevé directo al taller del aerógrafo, porque sabía que en cuanto lo matriculara me iba a ser imposible permitirme el lujo de tenerlo tanto tiempo parado. Al poco de llevarlo al pintor –aún pone cara de susto nuestro protagonista cuando lo recuerda–, te juro que me quería morir cuando vi todo el camión desmontado: asientos, techo, puertas, chapa por aquí y por allá…

“¿Estás seguro de que no te va a sobrar ningún tornillo después”, recuerdo que le pregunté a Fernando. “Tú, tranquilo, déjamelo a mí”, me dijo. Un mes después lo saqué de allí y a fe que tuvo que volver a montar cada tuerca de maravilla, porque una pechada de kilómetros así no todos los camiones la aguantan como este campeón”.

Los dibujos fueron sacados de una ilustración que figuraba en un muestrario que el pintor puso a la vista de nuestro transportista y su mujer Cristina. Esta última es más dada a las películas de sustos que Eduardo, así que lo que hicieron fue apuntar sólo algunas pistas en común, dando a partir de ahí total libertad al Fernando artista. Del resultado están tan satisfechos, que no han tocado ni un ápice la DAF decoradodecoración desde que salió del taller en 2002.

“Es obvio que tarde o temprano tendremos que cambiar el camión, porque aguantar los casi 3 millones de kilómetros que lleva esta bestia es ya mucho pedir, pero de momento –continúa– sigo trabajando con él cada día”.

Efectivamente, este DAF XF 95 Space Cab, de cabina mediana, hace dos viajes a la semana con rumbo a Valencia o Castellón llevando envases, acero, aceite o cualquier otra cosa que se dé. La bajada de nuevo a Málaga, eso sí, es siempre con azulejo. Si puedo quedarme en la puerta del cliente, duermo en la cabina como un rey, porque es amplia y supercómoda; y si no, pues suelo parar en el área de La Paz (Murcia) o El Serrano (Fuente la Higuera, Valencia).

Estoy muy satisfecho, porque hoy en día si te gusta el camión, tienes ruta fija y el vehículo pagado, no se puede estar mejor. No hace tanto –recuerda Eduardo con más pesar que nostalgia– llegamos a tener 21 camiones trabajando para Rando Transportes. Si no te llamaba uno por una avería, era el otro con tal o cual problema.

Íbamos en el camión y gestionando la empresa, con mi mujer llevando el papeleo desde casa. Tuvimos un par de siniestros y algunos impagos, así que decidimos vender todos los camiones, junto con el trabajo, a una misma empresa. La venta dio para pagar deudas y con el resto –un malagueño no perdona un buen chiste–… el resto, que esperen”.

DAF decoradoCiertamente, la cara de este joven malagueño rezuma una calma que no es fácil advertir en un profesional del transporte de 32 años. Su DAF y el Volvo que conduce su padre son ahora la espina dorsal de Rando Transportes, culminada por un elegante Pegaso restaurado, al que sólo pasean lúdicamente en concentraciones como las de Vélez-Málaga o Atarfe. Las rutas y contactos heredados de sus antepasados les dan a ambos para vivir con esa tranquilidad tan ansiada siempre en nuestro oficio.

Eduardo sabe que más pronto que tarde su camión le pedirá el relevo, pero de momento sigue llevándose muchas alegrías con él, ya sea en forma de un reportaje como éste, o por la admiración que despierta allá donde se mueva. “Fíjate tú – remata–, que hace poco un chico me pidió permiso en una gasolinera para hacerle la foto a la chica dibujada en la trasera del DAF, porque le había inspirado para hacerse un tatuaje”.

¡Cómo cambian las costumbres! En los tiempos del bisabuelo Francisco sólo se tatuaban las mulas para ser marcadas, y el único carro decorado era el que con tanto denuedo buscaba Manolo Escobar. Eduardo y Cristina, entre tanto, ya tienen un hijo, también llamado Eduardo. ¿Qué no habrá de ver esta criatura dentro de 20 años, cuando sea, quién sabe, quinta generación de transportistas? Sea lo que sea, que en Solo Camión lo veamos todos.

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