Soy camionera: Inma Matesanz, portento y superación

Semperit

El Ebro de papá podía con todo. Cuando no iban las cuatro hijas al colegio, era habitual que los seis (también su madre, Rosa) montaran en la cabina para acompañar a Felipe en sus portes de compraventa de chatarra. A Inma le gustaba ir sentada en medio, encima del motor, porque se estaba más calentito. Ayudaba en lo que podía, y su padre le decía, muy cariñosamente, que era el macho de la familia.

Camionera Inma MatesanzLo cierto es que cuando Inma soñaba con lo que quería ser de mayor, siempre se veía más en la piel de su padre que en la de su madre. Hoy, con 41 años, este reportaje nos deja bien claro que aquello que imaginaba se convirtió en realidad.

Con 14 años dejó voluntariamente los estudios para ir a trabajar en cárnicas, junto con su hermana mayor. Manejaba con soltura el cuchillo en el despiece del cerdo, así que en cuanto pudo fue a trabajar a un matadero más grande en Vic (Barcelona), donde le pagaban más.

Con poco más de 20 años, Inma se fue a vivir a casa de los padres de su novio, que se dedicaban a la agricultura, y allí empezó a familiarizarse con el volante, no de un camión, pero sí del tractor y demás maquinaria agrícola, de manera que lo mismo segaba el cereal que portaba el forraje para las vacas.

“Nos animamos a comprar una cosechadora e ir a hacer la siega a provincias lejanas, como Soria o Burgos –nos cuenta nuestra protagonista–, pero solo duramos una campaña, pues en Burgo de Osma se quemó la cosechadora, al parecer intencionadamente, y nos quedamos sin nada”.

Camionera Inma MatesanzTras tan amarga experiencia, la pareja fue contratada por una empresa agrícola, primero; y otra para el cuidado de ganadería, después. Al quedarse embarazada con 24 años, Inma y su exmarido se sacaron el carnet de camión.

“A él le fue fácil encontrar trabajo de chófer, pero a mí no me lo daban en ningún sitio. Os puedo asegurar –afirma Inma con rotundidad– que era por ser mujer. No me daban razón alguna. Simplemente, no confiaban en mí”.

Al no poder cumplir el sueño de su vida, que era conducir un camión, Inma encontró faena en una empresa que limpiaba los bosques, debajo del tendido eléctrico. Su misión era regar los caminos, para lo cual conducía un tractor que arrastraba una cuba, que iba a llenar al río.

Con 27 años, Inma entró a trabajar en una sala de despiece, lugar en el que nunca imaginó que iba a cambiar totalmente su suerte. “Un buen día mi jefe, Juan Pedro, que fue como un padre para mí, me preguntó si tenía carnet de camión. Yo le contesté que sí, aunque todavía no había tenido la ocasión de estrenarlo. Sin pensárselo dos veces, me confió un Mercedes 420, tres ejes, con el que transportaba palets de Manlleu a Vic”.

Camionera Inma MatesanzTan contento quedó Juan Pedro de su forma de trabajar, que al poco le propuso conducir un tráiler, por lo que Inma se sacó el carnet a la primera. No llevaba disco, pues de Manlleu a Vic apenas distan 8 kilómetros, pero sus jornadas de ida y vuelta de una localidad a otra eran de 5 de la mañana a 5 de la tarde.

No obstante, un nuevo contratiempo volvió a dar una vuelta de rosca a la trayectoria profesional de esta infatigable mujer, ya que el segundo chófer de la empresa se fue de un día para otro.

“Mi jefe me propuso entonces doblar turno, así que me pagaba una canguro, pues ya en aquel entonces estaba separada y con dos hijos, Cristina y Kevin. Acepté –recuerda Inma–, porque el dinero me venía de perlas, pero fueron cuatro meses extenuantes, con jornadas de 16 a 18 horas.

Ningún chófer en prueba aceptaba el puesto, pues era muy duro tener que enfilar con tus propias manos las guías de los cerdos del camión al matadero. Empujar los cerdos colgados en canal te baldaba los huesos. En alguna ocasión tuve que ir a que me pinchara el médico, pues se me había quedado clavada la espalda”.

A nuestra protagonista nunca le arredró la dureza del trabajo, pero al jubilarse su jefe y pasar su hijo a ser el máximo responsable de la empresa, todo dio un giro en negativo. “Era una forma de trabajar muy distinta, porque casi nunca me tenía bien preparadas las cargas y me hacía quedar muy mal con los clientes.

Sin apenas darme cuenta – rememora Inma–, empecé a llorar desconsoladamente y a cualquier hora, hasta que me diagnosticaron una depresión, que me tuvo paralizada ocho meses. Volví al trabajo, pero tuve una Camionera Inma Matesanzrecaída que no quiero ni recordar. Gracias a mi hija Cristina, que tiró del carro de la casa, puedo decir bien alto que conseguí salir adelante”.

Un buen día, un tal Jaime (su pareja actual) le propuso entrar a trabajar de cuidadora de la tierra de sus fincas familiares. “Dije que sí, y bien pronto me enamoré de Jaime, o quizá –afirma Inma, con una amplia sonrisa– de su camión”.

Jaime complementaba el trabajo agrícola con el de chófer, primero con un Iveco, trabajando en una cantera; y luego con un Scania R480, al que enganchó una jaula para el transporte porcino.

“Habíamos pasado muchas horas juntos en el tractor –sigue sonriendo–, pero el verdadero amor surgió cuando me propuso acompañarle en el Scania. Yo estaba encantada de acompañarle, pero muy pronto me entró el gusanillo de volver a conducir, así que nos propusimos crear nuestra propia empresa y doblar los viajes”.

A Jaime le costó en un principio aceptar el reto, pues trabajaba al enganche con relativa comodidad, pero se dejó llevar por el ímpetu de su ya flamante pareja, y juntos crearon la firma J. Crespi. Aunque los comienzos no fueron fáciles, J. Crespi se granjeó con el tiempo muy buena fama, así que un año después decidieron cambiar su Scania por el Volvo 500 que ilustra nuestro reportaje.

Camionera Inma Matesanz“Y hasta ahora –afirma con orgullo nuestra camionera–. En dos años hemos pasado ya de los 310.000 kilómetros. Cargamos en granja y descargamos en matadero. Él sale de madrugada, carga, descarga y lava el camión. Nos encontramos a media mañana en una gasolinera y hacemos el cambio. Muy rara vez, hemos hecho doble chófer”.

Muy al contrario de cuando intentó encontrar trabajo de camionera hace 17 años y nunca lo consiguió, ahora se siente toda una reina, porque en las granjas siempre la reciben con entusiasmo, precisamente por ser mujer.

Cuando algún granjero la ve asomar por primera vez, pasa ipso facto de la extrañeza a la admiración.

“Mi gran pesar –concluye Inma– es que mi padre, que murió joven, no me haya podido ver manejando el camión. Disfrutaría muchísimo y yo me lo llevaría encantada de paseo”.

Es una historia hermosa la protagonizada por Inma Matesanz, una incansable acuñadora de sueños. El próximo, de aquí a muchos años, cuando el cuerpo ya no le dé para tanto trajín con el camión, es montar un centro de estética con su hija Cristina. “Será más tarde o más temprano, pero de momento este verano nos vamos las dos a hacer un cursillo”. Dicho está.

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Jose Mari Iriarte comenzó su actividad en el transporte con su padre. En los 44 años que lleva en la profesión ha pasado de poseer un Pegaso Europa 170 a regentar una gran empresa con actividades en lugares tan diversos como el País de Gales o Polonia.

Ahora toca saborear la tranquilidad del momento dulce, pero no siempre fue así. La crisis lo arrasó todo, y Piri Express tuvo que renacer de sus cenizas cual ave Fénix. Jose Campaña, su responsable, gestiona una flota de 32 camiones siempre a punto para satisfacer las necesidades de sus clientes.

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